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Carles Quer: narración de "Infierno cuántico"


"Hace tantos años que estoy muerto, que ya he perdido la cuenta...". Impactante videopoema de "Infierno cuántico", de El penúltimo infierno de Borges, a cargo de Carlos Quer. La combinación de voz, música de fondo e imágenes generadas con AI te trasladan a un más allá fantasmagórico. Mi agradecimiento infinito al narrador. Que lo disfruten (con algún escalofrío). 



Fuente: Youtube."Infierno cuántico/ Silvia Rins/ narración: Carles Quer ", 12 de marzo de 2025. 

El penúltimo infierno de Borges

Iñaki Rubio Zapirain, El otro, el mismo



     
EL OTRO, EL MISMO


Alguien se decía
en un idioma lejano.

Otros de otras voces
me abandonaban
en un instante
dejándome a merced
de un viento sin timón.

 

Hoy es un día de crisálidas empapadas
después de la tormenta

 

Hoy se pierde el sol en el otro,
en él mismo.

 

las huellas brillan en la memoria 
y ya no sé si soy el que fui. 

 

un río de tristeza inmóvil

       me surca el pecho


y ya no soy el pasado. 

 

Me descuelgo del miedo
Y cruzo otra propia vida.
Y abrazo el ser que será.

 

Ahora sombra, ahora otro.


El mismo.

  

 


Iñaki Rubio Zapirain
del libro: Cuerpoético (Editorial Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2018) 



El penúltimo infierno de Borges

Homenaje a María Kodama


Foto: Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

 

"!Absurdo que al final la única verdad indubitable tenga que ver con la muerte!: los dedos de María, que ya no siento, esa evidencia literal del infierno." ("El penúltimo infierno de Borges").

 

El pasado 26 de marzo de 2023 falleció María Kodama, compañera de las últimas décadas de Borges, su primer, último, gran amor. Tenía 86 años, los mismos que éste cuando murió, dos meses después de casarse con ella y designarla su heredera. Al margen de sus actividades como traductora y escritora, dedicó la mayor parte de su vida a dirigir la Fundación Internacional Borges y a proteger y defender la memoria y la herencia del escritor argentino, a veces incluso de manera injustificada o furibunda. Acaso le costaba admitir que los textos de Borges formaban cada vez más parte del universo intertextual de la literatura, que su obra pertenecía cada vez más a sus lectores, y él seguía manifestándose en tantos de nosotros más allá de la muerte. Paradójicamente, ha muerto sin testamento, lo que abre grandes interrogantes acerca del futuro del legado tangible borgiano. Pero no hay duda de que nadie nos puede robar ya a nuestro Borges. María, bienvenida al otro lado del espejo. 
Silvia Rins

 

Foto: Ferdinando Scianna/ Fotoware Fotostation

El penúltimo infierno de Borges

Lauren Mendinueta: Poema de amor para Jorge Luis Borges






     Foto: Corbis. 
POEMA DE AMOR PARA JORGE LUIS BORGES

Me pesan
el bullicio y la injusticia
,            La marea turbia
y el olor de un atardecer marino
que no he de presenciar
Las largas despedidas
y los encuentros fugaces
Algunas palabras
y los silencios forzados por la distancia
La noche despoblada de ti
que avanza indiferente
hacia el abismo del día 
Las letras que componen tu nombre
inmensa pieza del universo

              que todo lo encierra

La cifra que define tu número

             El género que marca tu cuerpo

El tiempo indefinido de tu existencia.

Lauren Mendinueta
del libro: Autobiografía ampliada (2005) 

Lauren Mendinueta nació en Barranquilla (Colombia), en 1977. Es poeta, ensayista y traductora. Ha publicado once libros de poesía editados en Colombia, México, España, Italia y Portugal. Ganó cuatro premios nacionales de poesía en Colombia, el Premio del Festival de Poesía de Medellín, y el Premio Nacional de Ensayo y Crítica de Arte del Ministerio de Cultura. Además, ganó en España los premios internacionales Martín García Ramos por La Vocación Suspendida y el Premio César Simón por Del Tiempo, un Paso. Su último libro publicado se titula Una visita al Museo de Historia Natural y Otros Poemas (Animal Sospechoso; Barcelona, 2021). Actualmente, reside en Lisboa, donde desarrolla una intensa labor de divulgación de la poesía latinoamericana. 

El penúltimo infierno de Borges

Carmen Plaza: El mar de Borges

    
    


                      Fotografía: Biblioteca de Carmen Plaza

                    EL MAR DE BORGES

                                                                      “Quién es el mar, quién soy?” 
                                                                      El otro, el mismo 
                                                                      J.L.Borges

 

                    ¿Quién es el mar de Borges, qué reflejo

                    roba el brillo a los ojos y a los versos,

                    multiplica océanos y universos

                    tendidos a sus pies como un espejo?

                    Combate con la duda y con la suerte

                    disfrazado de sombra, voz, arcano.

                    Arde la llama, prende en el anciano

                    cuando camina a orillas de la muerte.

                    Su obra como el mar. Razón. Instinto.

                    Su vida como el mar, oscura y clara,

                    lucha para salir del laberinto.

                    Pesan más las palabras que la pena.

                    Quién fuera mar y quién se desnudara

                    para abrazar la luz, la sal, la arena.

 

        Carmen Plaza, enero de 2021. 

 

El penúltimo infierno de Borges

Fernando Arrabal: Una vida de poesía


Uno de los documentos visuales más heterodoxos y controvertidos que se han realizado sobre el escritor argentino: “Jorge Luis Borges. Una vida de poesía” (1998), de Fernando Arrabal. Se trata de un documental que combina fragmentos de entrevistas a Borges con imágenes extraídas de los films del propio Arrabal. El contraste conforma un duelo-homenaje sorprendente, turbador, que ofrece tantas interpretaciones como espectadores.   

 


Fuente: Youtube. "Jorge Luis Borges. Una vida de poesía" (1998). 

El penúltimo infierno de Borges

Valentí Gómez i Oliver: A la manera d'en Borges


   Dibujo: "Roma", deValentí Gómez i Oliver

A la manera d’en Borges

Tries els mots de forma ben precisa
i et plau de ser excels solista,
viu somniador d’allò tostemps actiu,
el símbol, de la música divisa.

Pensà el grec que el pas del temps encercla
l’instant que s’emmiralla al fons del riu;
hom de vegades plora o bé riu
mentre l’atònit rostre fuig en cercle.

El temps, lluent taüt de somni i joc,
mut acomboia d’art l’immortal obra,
filtre subtil falsies lliura al foc.

L’espai, immens, en créixer tan content, 
de la complexitat el seu cor obre
i als déus escriu senzills versos d’argent.

Valentí Gomez i Oliver.
del llibre: Invocacions, escrit amb Miquel de Palol; Ara Llibres, (Amsterdam), 2007; VII capítol, "Fortíssimo, Per amor a l'art", p. 135. 

A la manera de Borges

Eliges bien precisas las palabras,
con placer de solista excelso, vivo
soñador de lo activo para siempre,
el símbolo, divisa de la música.

El tiempo, con su paso, pensó el griego,
cerca el instante que refleja el río;
se llora a veces, y también reímos,
y escapa el rostro, en círculos y atónito.

El tiempo, ese ataúd de sueño y juego,
es del arte inmortal cómplice mudo,
filtro sutil falsías echa al fuego.

Feliz de inmensidad, abre el espacio
en la complejidad su corazón:
simples versos de plata da a los dioses.

Valentí Gómez i Oliver. 
del libro: Invocaciones, un laberinto literario escrito con Miquel de Palol, versión castellana de Justo Navarro, Ediciones Península, 2008; VII “Fortissimo, Por amor al arte”, pág.191.

El penúltimo infierno de Borges

Guillem Vallejo: El don de la gratitud


En 1985, Guillem Vallejo tuvo la oportunidad de escuchar a Jorge Luis Borges presentando en Barcelona su libro de poemas Los conjurados. En su espacio audiovisual "Poesía necesaria" reflexiona sobre cómo la ceguera determinó la vida y la obra del escritor argentino; y de qué manera nuestras limitaciones y pérdidas forman parte inexorable de nuestra existencia y nos ayudan a cumplir nuestro destino.  

Fuente: Youtube. "El don de la gratitud. Jorge Luis Borges", 27 de marzo de 2020. 

El penúltimo infierno de Borges

Carlos Vitale: Borges y yo


   Collage: Hugo Salinas 
La primera vez que vi a Jorge Luis Borges fue en el año 1971, en Buenos Aires. Se trataba de un homenaje a Dostoievski en el ciento cincuenta aniversario de su nacimiento. Estaban, entre otros, la escritora Marta Lynch y el embajador de la Unión Soviética. Cuando le tocó su turno, Borges empezó diciendo que a él no le interesaba Dostoievski sino Dante, de modo que hablaría de Dante. Para horror del embajador y regocijo del auditorio. 
Extraído del libro de Carlos Vitale, "Descortesía del suicida", prólogo de José María Merino, Editorial Candaya, Barcelona.

El penúltimo infierno de Borges

Eduardo Moga: Borges Borde


Foto: Corbis
Hacía un año que había empezado a leer Borges, el diario sobre la amistad entre Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges que aquél había mantenido, sin desmayo, entre 1947 —«hoy empecé el diario» es su primera y visionaria anotación, el 21 de mayo de ese año— y 1989, tres después de la muerte del autor de Ficciones. Y había decidido leerlo porque a) me gustan los libros gordos, b) me gustan los diarios y c) me gusta Borges. Me gustan los libros gordos, porque, en esta época de levedades, me hacen creer que aún hay lugar para el esfuerzo y la grandeza —aunque, en realidad, Borges sea un ladrillo fragmentario, una voluminosa sucesión de microscopías—. Me gustan los diarios —y, en general, todas las prosas fronterizas: biografías, autobiografías, epistolarios, cuadernos de notas, textos híbridos, experimentos inclasificables…—, porque, si están bien escritos, suelen contener más vida, más sudor y latido, que las obras de ficción; y, si la literatura ha de servirnos para algo, es para vivir más, para ser más, aunque lo hagamos en la piel de otro. Y, por último, me gusta Borges como me gusta Woody Allen: aunque lo que haga sea endeble o irritante (iba a escribir «malo», pero ni uno ni otro han hecho nunca nada que lo sea); es, quizás, el único escritor del que estoy dispuesto a aceptarlo todo. También me gusta Bioy, especialmente otro patchwork suyo, De jardines ajenos, publicado en 1997, en el que, dando muestra ya de su capacidad para el compendio —que no es sólo recolección ciega, sino fruto de una inteligencia cisoria—, reúne un descacharrante compendio de frases, observaciones y anécdotas que acreditan, bien la genialidad, bien la gilipollez humana. 
Sin embargo, hacía meses que había dejado de leer Borges, aunque no lo había colocado todavía en la estantería correspondiente de la biblioteca, que es como depositarlo en el camposanto. Borges seguía en mi mesilla personal, al lado del sillón de orejas (porque tengo un sillón de orejas), donde se apilan, en agónico tumulto, los libros pendientes de leer o los que están a media lectura. Los primeros miran a los segundos con indisimulada jactancia, con sus tapas intactas, con la luminosidad de su celulosa sin tacha y con la promesa de albergar innumerables placeres; éstos, fatigados, despintados por el sol, con las esquinas luxadas y arañazos de vino o lápiz, les devuelven la mirada como animales apaleados, pero aún erguidos, y con la secreta esperanza de que su propietario se olvide de por qué los compró, sean retirados de la mesilla e inhumados en la fosa de la biblioteca, y se les borre esa sonrisa de superioridad de la portada. No me preocupa interrumpir la lectura de los libros largos. A veces, me empachan, y opto por dejarlos descansar, como a mi propia escritura. Recurro entonces a cosas distintas: poemarios breves, algún ensayo histórico, asuntos de divulgación; aunque, si lo que quiero es desintoxicarme de verdad, nada mejor que echar mano de algún poeta de la experiencia —cuanto peor, mejor— o de las sandeces críticas de García Martín: la risa es el mejor desengrasante. Junto a Borges, estaban en la mesita, también esperando una nueva oportunidad, Incurable, de David Huerta, y la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, dos onerosas obras maestras. 
Este verano pensé que sería un buen momento para proseguir con la lectura de Borges. Nos esperaban muchas horas de carretera y, dado que yo sólo cojo el volante para darle los relevos imprescindibles a mi mujer, eso significaba muchas horas de lectura. Y así fue: mientras recorríamos los paisajes ardientes del Alentejo y los más abrasadores aún del Algarve —donde, si uno ponía atención, podía oír el crujir de las plantas bajo el sol, y hasta la dilatación del propio cráneo—, retomé las páginas de Bioy con bríos renovados y conseguí acabar el libro. No me molesta reconocer la contradicción subyacente en que un libro me guste y que diga que por fin «consigo acabarlo». Todos los libros que me han importado me han supuesto un esfuerzo; como todas las personas. Es más: si no me da trabajo, es que no es tan bueno como pensaba. 
Completar la lectura de Borges me permitió confirmar algo que ya había observado desde el principio, pero que me negaba a reconocer: Borges era un borde. Como el argentino es, desde hace mucho tiempo, un icono de nuestra cultura, casi todos conocemos ya algunas opiniones suyas —la democracia, ese abuso de la estadística, por ejemplo—, cuya perversidad suele interpretarse como un exabrupto de su genio, como una boutade, disculpable y burlona, propia de su brillantez. Y algo de cierto hay en ello: en las inteligencias excedentes, los hallazgos rebosan junto a las idioteces; la ganga de la estupidez acompaña, sospecho que inevitablemente, al oro de la inteligencia. Algo más difícil resulta disculpar algunos comportamientos suyos, como aceptar una condecoración de Pinochet: las manos que se la impusieron habían asesinado a más de diez mil chilenos, aunque Borges ya pagó por ese —seamos benévolos— desliz: le valió que no le otorgaran el Premio Nóbel, algo que el argentino pasó a considerar «una tradición escandinava». Sin embargo, uno espera de los seres a los que admira, y que han ayudado a iluminar la cultura y a construir la sensibilidad de su tiempo, una cierta depuración ética, un esfuerzo reconocible por desprenderse de las oscuridades que lo habitan, no un ahondamiento en el lodo. En Borges, esta profundización en lo abyecto, si bien siempre incruenta, se agudiza con los años, y queda expuesta por Bioy con precisión entomológica: su diario no juzga, ni glosa, ni interpreta; se limita a transcribir, con muy leves incursiones de su subjetividad, en forma de suaves discrepancias o sutilísimas críticas. La naturalidad con que los personajes del libro y, en primer lugar, el propio Borges desfilan por sus páginas no consiente el maquillaje estético o el disimulo retórico: dicen lo que dicen y se muestran como son, para bien o para mal. Como todo el mundo, claro. Pero es que ellos no son todo el mundo. Borges no es todo el mundo. 
Señalaré cuatro constantes de su pensamiento, algunas de ellas especialmente repulsivas. A Borges no le gustaba la democracia. En la entrada del 8 de julio de 1972, Bioy transcribe estas manifestaciones suyas: «Cuando Uriburu (…) anuló las elecciones que ganaron los radicales, creí que obraba mal: obraba bien, obraba decentemente. Si no, ¿para qué había hecho la revolución? (…). Es un disparate la democracia. Nadie cree que el pueblo sepa cuál es el mejor matemático o el mejor biólogo. ¿Por qué va a saber quién puede gobernarlo mejor?...». Resulta asimismo muy significativo que no haya ningún comentario de Borges sobre la dictadura militar argentina, que llevaba exterminando compatriotas desde el 24 de marzo de 1976, hasta finales de diciembre del año siguiente, cuando tilda cautelosamente al general Videla, jefe de la junta militar, de «rudimentario». También era misógino. El 22 de diciembre de 1968, Bioy anota el siguiente diálogo: «Comentamos a las mujeres y la curiosa lamentación de sir Thomas Browne de que los seres humanos no pueden reproducirse como los árboles. BORGES: “Yo no creo que esté ahí el defecto de las mujeres. Lo tienen en el cerebro. (…) Tenía razón Samuel Johnson cuando decía que, si una mujer predicaba, uno no debía alabarla por que lo hiciera bien, sino simplemente porque lo hiciera, como al perrito que se para en las patas traseras”». Y racista, según propia confesión: el 5 de enero de 1969, en una conversación que Bioy, consternado, se atreve a calificar de «nada memorable», Borges afirma: «Yo soy racista. (…) Limpiaría los Estados Unidos de negros y, si se descuidan, me correría hasta el Brasil. Si no acaban con los negros, les van a convertir el país en África». Asombrado, su interlocutor le pregunta: «¿Aquí no quieren al Brasil?», y Borges responde: «No, nos parece un país de macacos». Una opinión en la que, por cierto, coincide con Adolf Hitler, como él mismo se encarga de recordar el 17 de noviembre de 1974: «Hitler dijo que los países sudamericanos eran países de monos». El 3 de enero de 1967, Borges ya había dejado clara su posición sobre las razas humanas: «La desdicha de América proviene de la estupidez del padre Las Casas: “Para salvar a los indios, trajo a los negros. Bien intencionado, pero obtuso. (…) la suerte de estas regiones era que ya no quedaban indios, ni rastros de indios, y que apenas quedaban negros». Por último, era un constante, meticuloso antiespañol, como reflejan sus críticas incesantes contra la literatura y los autores hispanos, e incluso contra el castellano peninsular. Aunque opinaba, como sostiene el 13 de junio de 1960, que «la literatura española está en decadencia desde el siglo XVII», que ya es decaer, no tuvo empacho en aceptar el Premio Cervantes en 1980, ex æquo con Gerardo Diego, al que el 11 de noviembre de 1959 había calificado de poetastro e imbécil. Entre sus múltiples invectivas, citaré sólo dos más: la que emite el 19 de octubre de 1965, según la cual la literatura española posterior a 1810 «no es más nuestra que la francesa y, si bien tenemos que resignarnos al pobre siglo XVIII español, no tenemos por qué cargar con el XIX. En la decaída España de entonces nadie escribía libros comparables al Martín Fierro, al Matadero, al Facundo, ni versos como los de Ascasubi» (claro: Larra no había existido, ni el Galdós de Fortunata y Jacinta, ni Leopoldo Alas y La Regenta, ni Juan Valera); y la del 8 de mayo de 1967, en la que sostiene que España no ha producido ni un solo buen dramaturgo (no: Lope y Calderón no valen un duro). Otra cosa que me sobresalta de Borges es su nacionalismo, ya perceptible en alguno de sus comentarios anteriores, aunque él se pronunciara siempre contra vicio tan nefando. Se trata, ya lo sé, de una conducta común, y extendida hasta hoy mismo, en que profileran los adalides del nacionalnonacionalismo, como Rosita Díez o los honrados dirigentes del Partido Popular, que, so capa de un universalismo ilustrado, esgrimen un españolismo feroz. Pero es que Borges y Rosita no se pueden comparar: el primero tenía la obligación de ser coherente con sus palabras. En cierta entrada que no he podido encontrar, pero que juro que existe, Borges se ofende con otros escritores que tachan su estilo de «inglés», y responde que, si con eso quieren decir que no es argentino, él es más argentino que nadie. Sí: el argentino Borges, que había considerado a Lorca «un andaluz profesional» o ridiculizado a los irlandeses por enorgullecerse de ser irlandeses, se enorgullece de ser argentino. 
Junto con todo esto, Borges es una explosión sin fin de agudeza crítica, ingenio lingüístico, defensa de nobles ideales, conocimiento de la literatura, lealtad con los amigos, pasión por los libros y amor por el diálogo que todo interesado, no ya en Borges o la poesía, sino en el saber humano, debería leer. 

Este artículo de Eduardo Moga se publicó por primera vez en La Náusea, "Borges borde", el 22/10/2010.

El penúltimo infierno de Borges

Francisco Ferrer Lerín: Última vez


Foto: Alberto Manguel 
Borges publica en 1985, un año antes de morir, su último libro de poemas, Los conjurados, donde incluye el poema “Un lobo”, no asociado a la moderna preocupación por el agotamiento de los activos faunísticos sino al espacio literario de “la última vez”, ese recurso en el que, con señalamiento preciso de las coordenadas temporales, se registran las últimas veces que se llevan a cabo determinadas tareas.

UN LOBO 
Furtivo y gris en la penumbra última,
va dejando sus rastros en la margen
de este río sin nombre que ha saciado
la sed de su garganta y cuyas aguas
no repiten estrellas. Esta noche,
el lobo es una sombra que está sola
y que busca a la hembra y siente frío.
Es el último lobo de Inglaterra.
Odín y Thor lo saben. En su alta
casa de piedra un rey ha decidido
acabar con los lobos. Ya forjado
ha sido el fuerte hierro de tu muerte.
Lobo sajón, has engendrado en vano.
No basta ser cruel. Eres el último.
Mil años pasarán y un hombre viejo
te soñará en América. De nada
puede servirte ese futuro sueño.
Hoy te cercan los hombres que siguieron
por la selva los rastros que dejaste,
furtivo y gris en la penumbra última.

No se sabe qué día murió ese último lobo salvaje inglés. Aunque sí que a principios del siglo XVI, en ese país, ya habían sido exterminados. En cambio, por lo que respecta al continente, disponemos de algunas efemérides lobunas. Paul Mégnin, en su Gibiers rares de France (París, 1942) cuenta que en Morbihan, en el invierno de 1880, una niña que jugaba en una granja fue parcialmente devorada por un lobo y que en 1914, en La Coquille, en el Perigord, otra niña, a las ocho horas de la tarde, cuando atravesaba un bosque al regresar de la escuela, fue sorprendida por una manada que sólo dejó algún hueso, los vestidos y una cestita. Sin embargo es M. Tripier, nos dice Mégnin, quien en un estudio titulado Les derniers loups de France, ofrece la fecha del último ataque mortal en Francia a un ser humano por parte de lobos. Lacónico, el especialista, asevera: “El último francés caído bajo los dientes del lobo fue una anciana devorada el 2 de octubre de 1918 cerca de la Chapelle-Montbran, en Alto Vienne”. Por lo que respecta a España reseñar el ataque, a lo mejor el último con esas peculiaridades, que narra el mastozoólogo Ángel Cabrera en su obra Mamíferos (Madrid, 1914): “En Diciembre de 1895, la diligencia que hace el servicio entre Riaza y Segovia fue asaltada por una manada de lobos, que llegaron hasta ocasionar el vuelco del carruaje, resultando heridos dos viajeros y con graves mordeduras las caballerías.”
Jorge Luis Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Y murió ciego. De hecho lo fue desde muchos años antes. Los documentos que dan fe de ese proceso de pérdida de visión nos dicen que fue hereditario y paulatino. Imaginamos a Borges imaginando los libros de su biblioteca a medida que día a día va cobrando conciencia de que no volverá a poner los ojos en ellos. Ese diccionario, ese manual, esa tragedia, debieron de tener una última fecha de lectura; luego, a lo que parece, alguien, su madre, su secretaria, pudieron leérselos. Todos pasamos o pasaremos por esa dolorosa circunstancia. No quizá por la ceguera sino por esa muerte, más cruel que la definitiva, que es la enfermedad o la invalidez. Tengo ante mí, al alcance de la mano, un libro extraordinario; se trata de Il Cavallier del Sole, che con l’arte militare dipinge la peregrinatione della via humana, et le proprietà delle virtù, e de vitti, et come s’ ha da vivere per ben morire. Tradotto nuovamente di Spagnolo in Italiano per Messer Pietro Lauro. Lo adquirí en Madrid en una subasta. Es la traducción al italiano de El Caballero del Sol, libro de caballerías a lo divino, que con el título Peregrinación de la vida del hombre puesto en batalla debajo de los trabajos que sufrió el Caballero del Sol en defensa de la Razón fue publicado en Medina del Campo en 1552 y cuyo autor fue el presbítero palentino Pedro Hernández de Villaumbrales. Explica el catálogo del subastador que ese ejemplar, en 8º, publicado en Venecia en 1557, disfruta de bella tipografía cursiva y de hierros dorados en el lomo aunque, lo que me inclinó a pujar por él, fue el final del informe: “Primera edición italiana, de la que no hay referencias de ejemplar en biblioteca pública española. El autor es uno de los buenos prosistas ascéticos del XVI. Rarísima.” 
Pasan los meses y no me atrevo a cogerlo. Sé que cuando lo haga será la primera y última vez. No me queda tiempo para más. Quizá entonces anote, en un papelito que pondré en su interior, la fecha y la hora en que lo abrí y, también, la fecha y la hora en que agotada la lectura me dispuse a dejarlo en su lugar para que descanse puede que un siglo; seguro que no le resultara extraño permanecer callado, intocado, durante ese periodo. 
Artículo perteneciente a la serie “Última vez” del blog de Ferrer Lerín, publicado el 28/12/2018: https://ferrerlerin.blogspot.com/. (Una versión anterior titulada “El lobo”, fue publicada en el Suplemento Culturas de La Vanguardia el 20 de mayo de 2009).

El penúltimo infierno de Borges